¿Las infecciones resistentes a los antibióticos en pacientes con COVID-19 aceleran la era postantibiótica?

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¿Las infecciones resistentes a los antibióticos en pacientes con COVID-19 aceleran la era postantibiótica?

La pandemia de COVID-19 ha alterado profundamente el manejo de los pacientes en cuidados intensivos, al tiempo que ha exacerbado otro gran desafío de la medicina moderna: la resistencia a los antibióticos. Entre 2020 y 2022, un estudio realizado en una unidad de cuidados intensivos brasileña reveló que casi el 29 % de los pacientes con formas graves de COVID-19 desarrollaron infecciones nosocomiales, es decir, contraídas en el hospital. Estas infecciones, a menudo causadas por bacterias multirresistentes, prolongaron las estancias en cuidados intensivos y aumentaron la tasa de mortalidad, ya elevada al 54,4 %.

Las infecciones más frecuentes fueron las neumonías bajo ventilación mecánica y las infecciones en la sangre. Las bacterias implicadas eran mayoritariamente bacilos Gram negativos, como Acinetobacter baumannii y Klebsiella pneumoniae, dos especies conocidas por su resistencia a los carbapenems, una clase de antibióticos de último recurso. Casi el 94 % de las cepas de Acinetobacter baumannii y el 86 % de las de Klebsiella pneumoniae identificadas en este estudio presentaban esta resistencia. Esta situación limita drásticamente las opciones terapéuticas disponibles, ya que los carbapenems suelen utilizarse como último recurso para tratar infecciones graves.

Otro fenómeno preocupante observado fue que el 21,4 % de las bacterias Gram negativas aisladas eran naturalmente resistentes a la polimixina B, un antibiótico potente generalmente eficaz contra las cepas multirresistentes. Entre estas bacterias se encuentran Serratia, Providencia stuartii, Burkholderia cepacia y Stenotrophomonas maltophilia. La presencia de estos patógenos complica aún más el manejo, ya que reducen la eficacia de los tratamientos disponibles. Además, Ralstonia mannitolilytica, aunque menos conocida, también se identificó como presentaba una sensibilidad reducida a las polimixinas.

Los pacientes infectados por cepas resistentes a los carbapenems tenían un riesgo de muerte casi tres veces mayor que los demás. Esta asociación fue confirmada por un análisis estadístico exhaustivo, que también mostró que la ventilación mecánica, a menudo indispensable para los casos graves de COVID-19, multiplicaba por más de cuatro el riesgo de mortalidad. Este vínculo se explica en parte por el hecho de que la ventilación mecánica refleja un deterioro clínico avanzado, pero también por el mayor riesgo de infecciones nosocomiales relacionado con el uso prolongado de dispositivos invasivos como catéteres o tubos endotraqueales.

Los hongos, en particular los del género Candida, también desempeñaron un papel no desdeñable, representando el 13,1 % de las infecciones nosocomiales. Su presencia fue especialmente marcada en las infecciones en la sangre, donde constituían el 25,5 % de los casos. Este aumento de las candidemias en pacientes con COVID-19 en cuidados intensivos se explica por el debilitamiento del sistema inmunitario, a menudo agravado por el uso de corticoides en altas dosis para combatir la inflamación pulmonar grave. Estos tratamientos, aunque necesarios para salvar vidas, también han favorecido el desarrollo de infecciones oportunistas.

El estudio también puso de relieve una paradoja clínica: a pesar de una tasa muy baja de coinfecciones bacterianas confirmadas al ingreso, más del 87 % de los pacientes recibieron antibióticos desde su llegada al hospital. Esta práctica, motivada por la dificultad de distinguir una infección viral de una sobreinfección bacteriana, ha contribuido a ejercer una presión selectiva intensa sobre las bacterias, acelerando así la aparición de resistencias. Los tratamientos iniciales más frecuentes asociaban ceftriaxona y azitromicina, una combinación comúnmente utilizada para las neumonías adquiridas en la comunidad. Sin embargo, ensayos clínicos han demostrado desde entonces que la azitromicina no aporta ningún beneficio en el tratamiento del COVID-19, lo que plantea preguntas sobre el uso excesivo de este antibiótico.

Las estancias prolongadas en cuidados intensivos, a menudo necesarias para los pacientes más graves, también desempeñaron un papel clave. Los pacientes que desarrollaron una infección nosocomial permanecieron en promedio 15 días en cuidados intensivos, frente a solo 7 días para aquellos sin infección. En los supervivientes, esta diferencia fue aún más marcada: 19 días con infección frente a 6 días sin ella. Estas estancias prolongadas no solo aumentan el riesgo de infecciones secundarias, sino también los costos y la carga de trabajo para los equipos de salud, ya muy presionados por la pandemia.

La mayoría de las infecciones nosocomiales ocurrieron en 2021, año en el que la unidad de cuidados intensivos recibió el mayor número de pacientes, con 229 admisiones frente a 71 en 2020. Este aumento brusco agotó los recursos disponibles, incluido el personal sanitario y los equipos de protección, creando un entorno propicio para la propagación de infecciones. En 2022, aunque se mantuvo la capacidad de la unidad, el número de admisiones disminuyó y, con él, el número de infecciones, lo que sugiere que la experiencia adquirida y la mejora de los protocolos de prevención pudieron haber jugado un papel protector.

Las bacterias Gram positivas, como Enterococcus faecalis o Staphylococcus epidermidis, eran menos frecuentes, pero su presencia en las infecciones en la sangre recuerda que los dispositivos médicos invasivos, como los catéteres venosos centrales, siguen siendo una puerta de entrada importante para estos patógenos. Su tratamiento, aunque a menudo más sencillo que el de las bacterias Gram negativas, requiere una vigilancia aumentada para evitar complicaciones.

Este estudio ilustra cómo la pandemia de COVID-19 ha actuado como un acelerador de la crisis de resistencia a los antibióticos. Las condiciones extremas encontradas en cuidados intensivos, con un uso masivo de antibióticos de amplio espectro y una saturación de los servicios, han favorecido la aparición y diseminación de cepas bacterianas resistentes. Las proyecciones antes de la pandemia ya estimaban que las infecciones resistentes podrían causar hasta 10 millones de muertes al año para 2050, superando así la mortalidad combinada del cáncer, la diabetes y los accidentes de tráfico. La reciente crisis sanitaria probablemente ha acelerado esta tendencia, haciendo más urgente que nunca la necesidad de fortalecer las estrategias de prevención de infecciones y de gestión de los antibióticos.

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Crédits

Étude source

DOI : https://doi.org/10.1186/s12982-026-02190-9

Titre : Multidrug resistant infections in COVID-19 patients drive the transition toward a post antibiotic era

Revue : Discover Public Health

Éditeur : Springer Science and Business Media LLC

Auteurs : Alex Mauricio Garcia Santos; Eliane Campos Coimbra; Jakson Gomes Figueiredo; João Vitor Alves de Menezes Feitosa; Diego Lins Guedes

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